El asesino desorganizado

Niko Tinbergen, científico de renombre mundial, ha dicho que el hombre es un asesino desorganizado, queriendo significar con esto que el hombre carece de las barreras naturales instintivas que impiden al animar matar a sus congéneres. Carencia que lo obliga a la creación de disuasivos –normas, leyes, preceptos y mandamientos–, que no tienen por cierto la eficacia de los frenos e inhibiciones que dio natura al resto de animales.

Los cuervos y otras aves ofrecen la parte posterior de la cabeza; los perros y los lobos la garganta. En el mismo instante del ofrecimiento, el vencedor debe interrumpir la lucha, y la interrumpe. Una inhibición propia de su especie le impide dar el mordisco fatal. De esta manera, el más fuerte se impone, pero el más débil sobrevive. El hombre, en cambio, carente de tal inhibición automática, da el mordisco y mata al rival.

El hombre mata por gusto y se complace en ello. También es el único animal que se ensaña, esto es, que se deleita en causar el mayor daño y dolor posibles a quien ya no está en condiciones de defenderse. El hombre, ha dicho Rolf Denker, no puede comportarse como un animal, sino con mayor bestialidad que cualquier animal.

La agresividad, cuando no es destructiva ni violenta, es biológicamente útil. Si no fuésemos agresivos, entonces ya nos habríamos extinguido como especie. Ocurre, sin embargo, que el homo sápiens ha llegado a ser homo brutalis. La suya es, por tanto, como diría Fromm, agresividad maligna y necrofílica, despiadada y brutal.

La compulsión de matar:

En los primeros ciento cincuenta años de los últimos doscientos, en el Occidente civilizado –supuestamente civilizado–, la principal ocupación del hombre ha sido matar. Cada minuto, un ser humano ha dado muerte a otro ser humano. En los últimos cincuenta años, la pausa entre una y otra muerte violenta se ha reducido a un tercio; es decir que actualmente cada veinte segundos un hombre mata a otro hombre.

Considerando, pues, la destructividad, la brutalidad y la estupidez de la especie humana, yo comparto la opinión de Lorenz de que es inútil seguir buscando el eslabón perdido, porque el eslabón perdido somos nosotros.

«Si yo creyera que el hombre es la imagen ‘definitiva’ de Dios, entonces no tendría mucha confianza en Dios.»

Konrad Lorenz

Habrá que pensar, en consecuencia, como ciertos gnósticos, que a nosotros no nos creó Dios, sino el Diablo, en un momento en que Dios estaba descuidado.


MAD

Marco Aurelio Denegri
“De esto y aquello”
Universidad Ricardo Palma – Editorial Universitaria 2006
El asesino desorganizado
Páginas 11, 12, 13, 15 y 17.

5 de junio 2021

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